It’s great when
monsters smile

Los monstruos no sonríen.
Se esconden, protestan.
Les parece todo mal por sistema, porque el propio sistema les parece mal.
Los monstruos están a la defensiva, son susceptibles, irascibles, a veces, casi siempre, esquivos.

Todos tenemos un monstruo dentro de nosotros.
El que ha perdido la fe en la especie, en el sistema. El que va a la suya porque cree que todos los demás también van a la suya.
El que desconfía de todo porque piensa que detrás de todo hay un interés.

Pero de repente hay gente que hace cosas que valen la pena. Cosas bonitas, cosas que ayudan a que los demás estén mejor, que sean mejores.

Pequeñas cosas extraordinarias como una aplicación del tiempo que hace música. O un editor de textos que hace que el mundo a tu alrededor se desvanezca. O un hogar de hogares. Cosas por los demás. Sin esperar nada a cambio, más que que nos quieran.

Sucede a veces que el monstruo inhóspito que llevamos dentro, el de la coraza, ve algo que le parece que vale la pena; algo bonito sin mucha más intención que la de ser bonito, o la de servir de algo.

Entonces, durante una décima segundo, sucede algo insospechado en un monstruo rencoroso: arranca una sonrisa.

Nos gusta

Nos gusta el Rock&Roll porque es la mejor actitud para que las marcas conecten con los consumidores.
Nos gusta convertir a los consumidores en fans.
Nos gusta Jim Morrison porque dijo “Soy el Rey Lagarto, puedo hacer lo que me proponga”.
Nos gusta Camper, Ikea, Carrefour, BMW o Casio porque son algunos de nuestros clientes.

Nos gustan los Ben&Jerrys’s sin empezar y las Moleskines cuando están acabadas.
Nos gusta Barcelona porque se parece a Barcelona y está a 5 minutos del mundo.
Nos gustan las buenas ideas y la cerveza a presión aunque una cosa no esté necesariamente relacionada con la otra.

Nos gusta el futuro porque podemos inventarlo.
Nos gusta la música porque dice cosas que las palabras nunca podrán decir.
Nos gusta lo imposible porque es como el hombre del saco, una mentira para que nadie intente nada malo.

Nos gusta la tecnología porque, desde el primer pincel, siempre ha creado las mejores herramientas para la
expresión artística.

Nos gusta el ping pong porque es como la vida misma: no hay pong sin ping.
Nos gustan los post-its porque son como Twitter pero en papel. Nos gusta la palabra precioso porque es imposible pronunciarla sin emocionarse.

Nos gusta la energía. La buena. La que se genera cuando alguien sonríe.
Nos gusta el badmington, levitar y todas cosas que no hemos hecho todavía.

Nos gusta la creatividad y es en realidad lo único que nos llevaríamos a una isla desierta.

La casa

La familia